¡ALERTAS!

Atentados para una Europa en decadencia

La semana pasada volvía a Bruselas con el Instituto para la Gobernanza.

Comparada con los últimos viajes la sentí una ciudad más sucia y triste, a pesar de que esta vez acompañaba el sol. La capital europea parecía el vivo retrato de la decadencia y parálisis de nuestro continente. Con más mendigos que en cualquier ciudad española durmiendo por las calles, las mañanas de los días laborables te encontrabas en el centro a centenares de personas que deambulaban desocupadas, mayoritariamente con rasgos magrebíes y subsaharianos.

El desempleo es el caldo de cultivo para la mayor parte de los problemas, pero cabe preguntarse ¿También para el terrorismo? ¿Es tan fundamental el factor religioso para ese paso cualitativo, del malestar a la militancia islámica? Europa cree que es injusto que las segundas y terceras generaciones de inmigrantes no reconozcan el esfuerzo colectivo de asegurarles desde que nacen derechos básicos en forma de prestaciones educativas y sanitarias.

Gran error: el poder acceder a las prestaciones básicas solo genera en cualquiera de nosotros, seres humanos normales y sedientos de progreso, una semilla para avanzar más y mejor, y echar de menos con más fuerza aquellos bienes materiales que se disfrutan a nuestro alrededor y que no podemos siempre obtener (especialmente si no valoramos lo ya obtenido).

A más cosas que conseguimos, mayor es la sensación de carencia de lo que nos falta. Puede que si cambiásemos el chip con las siguientes generaciones, como no, desde la educación más temprana, y les hiciésemos ver el valor moral y material (el coste económico concreto, incluso), de lo que supone cada escuela, o cada vacuna o cada consulta del pediatra, los que vengan en décadas posteriores se sentirían parte de un esfuerzo colectivo que genere agradecimiento y no resentimiento.

El formar parte de la sociedad de bienestar que ha mantenido viva la llama europea durante décadas, consiste tanto en sentirse beneficiarios de los derechos y servicios como en saberse generadores de la riqueza que lo procura: asumir desde niños que para ser iguales en la sociedad hay que trabajar con el resto codo con codo para conseguir esos beneficios. La cultura del esfuerzo, vamos, que no les suena ni a las clases acomodadas ni a las trabajadoras, y lamentablemente tampoco a la mayor parte de estas segundas generaciones migrantes que ignoran el sudor de sus padres y abuelos, observando directamente el resultado de su integración.

Dicho esto, he de reconocer que este tipo de integración que no se ha hecho ni se hace, no parece que vaya a concretarse por los lánguidos gobiernos estatales actuales, con lo cual, entretanto, los aparatos policiales han de caer con la mayor de las contundencias sobre esta gentuza, que hemos fabricado entre nosotros, sus familias, internet, y los asesinos que pagan estas juergas desde Oriente Medio.

Enrique Belda Pérez-Pedrero 

Enrique Belda oct12 (4)

Pueden seguir esta serie en Facebook Enrique Belda Pérez Pedrero. Publicado el 29-3-2016.

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