¡ALERTAS!

La democracia frente al mundo

El comportamiento y aprecio por la cultura democrática de las personas depende fundamentalmente de como la democracia se relaciona con ellas y específicamente de como afecta sus vidas. Es por ello que el valor que los pueblos le asignan a la democracia no tiene que ver tanto con el funcionamiento procedimental y burocrático como con la transformación de la cotidianidad.

A partir de esta premisa y superando la vieja noción schumpeteriana de democracia, que la sintetiza como un sistema de libertad electoral y de competencia entre distintas opciones políticas, debemos preguntarnos entonces ¿Bajo que condiciones observan y evalúan los ciudadanos a la democracia?

Esta pregunta debe ser abordada desde dos aspectos diferentes, el institucional y el personal. Veamos.

En términos institucionales la observan a partir de periódicas crisis económicas y sociales. En nuestra Latinoamérica lo sabemos bien, basta con mencionar las fuertes crisis institucionales sucedidas en Ecuador con la destitución y desplazamiento del Presidente Bucaram; en Perú con el cierre del Parlamento por parte del Presidente Fujimori condenado luego por la justicia peruana, en Argentina con la renuncia en el año 2001 del Presidente Fernando De la Rúa, en Bolivia con los sucesivos enfrentamientos al Presidente Evo Morales por parte de la región de Santa Cruz exigiendo su separación del estado boliviano, en Haití en el año 2004 con el derrocamiento del Presidente Jean Bertrand Arístides, en Honduras en el 2009 con la destitución del Presidente Manuel Zelaya, el intento de golpe al Presidente Rafael Correa en Ecuador en septiembre de 2010 por parte de las fuerzas de seguridad, la repentina destitución del Presidente Lugo en Paraguay acontecida en el año 2012 y el reciente impeachment a la Presidente de Brasil, Dilma Rousseff.

En términos personales los ciudadanos ven como principalmente se democratizaron las burocracias estatales y los procedimientos electorales de acceso al poder, sin que esto se haya transferido a sus vidas, es decir, el ciudadano observa que su realidad personal no se democratizó.
¿Podríamos afirmar seriamente que se democratizó la forma de trasladarnos? ¿Se democratizó la forma de alimentarnos, de educarnos, de cuidar nuestra salud, de vestirnos, de descansar, de vacacionar, de conseguir empleo; o hay medios de transporte, colegios, clínicas, trabajos, comidas y hasta barrios para pobres y para ricos? ¿El acceso a la vivienda, a la educación y a la salud, es igual para todos?
La respuesta es no.

La concentración de la riqueza alcanza niveles desconocidos. En EE.UU. por ejemplo casi el 50% de la riqueza está en manos del 1% de la población, mientras que el 80% posee menos del 7%.
Pareciera entonces que se democratizaron las instituciones pero no la vida ¿y que es la democracia sino la democratización de nuestras propias vidas?

Allí radica la construcción de sentido democrático de los pueblos y, en consecuencia, la calidad que los hombres y mujeres le asignan a la democracia.
Alguien podrá decir que hoy mas jóvenes acceden a la educación y a los sistemas de salud públicas, lo cual es correcto en parte, pues en determinados lugares la desnutrición infantil y los índices de analfabetismo efectivamente han descendido.

Ahora bien ¿podemos afirmar esto en las democracias de África, de Centroamérica y el Caribe, de algunos países Sudamericanos, de los países del sudeste asiático, o directamente en gran parte de nuestro país? ¿De cuantos millones de seres humanos estamos hablando?
¿Cuantos hombres, mujeres y niños siguen desamparados, bombardeados, perseguidos y explotados?

El hambre continúa siendo el arma de destrucción masiva más potente de la actualidad.

La salud y los medicamentos se han convertido en productos de alta gama. Parte del mundo aún muere por las llamadas enfermedades de la miseria ante la falta de asistencia mínima. La salud es cara y está al alance de pocos. En muchas ocasiones curarse o morir depende del dinero disponible.

Continuamos viendo genocidios y pueblos exterminados -por el hambre o por la violencia política- que a costa de perder sus vidas se lanzan al mar para que la Europa de las constituciones y los derechos humanos los expulse democráticamente, todo lo cual es supervisado por el sistema penal y su aparato punitivo generando índices de prisionización escalofriantes.
En definitiva, nunca como en nuestra era fue tan claro el abandono bajo el cual se encuentran pueblos enteros, somos la generación más consiente de la necesidad de cuidar la democracia y nuestras libertades.

Decididamente la democracia, en estos tiempos de devastación económica y social, más que nunca debe fortalecer su aspecto sustancial y de forma urgente recuperar la centralidad del ser humano para conservar toda la dignidad posible de un mundo que deshumaniza.

Guido Risso
Abogado y Doctor en Ciencias Jurídicas.
Profesor de Derecho Político, Universidad de San Isidro.
Profesor Derecho Constitucional, Universidad de Buenos Aires

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: