¡ALERTAS!

El efecto sanador de la muerte sobre los apestados

Una vez más, no falla nuestra España en sus vicios: cuando alguien desaparece de esta vida comienza a aflorar la comprensión, las buenas palabras y la magnanimidad de juicio. Incluso sirve para meter en el mismo saco a un dictador y a una alcaldesa democrática.

Dirán ustedes que es normal dar paz a los muertos y honrar su memoria pero yo soy de los que pienso que prefiero que me apliquen todo eso en vida, pues cuando El Señor me llame a su vera, me va a importar un mojón cualquier halago.

Rita Barberá ha pasado de estar apestada entre la mayoría de residentes en este país, a ser objeto de minutos de silencio y otras pompas fúnebres. Han primado los comentarios revisionistas que rescataban las bondades de su gestión municipal. Denunciaba hace años desde estas mismas páginas, el aluvión de buenas palabras y hasta programas especiales dedicados a la figura del condenado Jesús Gil. Pasó de ser delincuente a un mero empresario díscolo.

Ahora con esta señora, deberíamos mirárnoslo, especialmente los cientos de miles de votantes que una vez y otra, y otra, y otra más, la respaldaron, si en verdad, era tan evidente que su alcaldesa tenía chanchullos, si lo conocían o si les importaba. Tan pronto han dicho que sí, como que no.

También los medios de comunicación que pasaron de respetarla a condenarla negando la presunción de inocencia, y que ahora cubren con algo de medida su fallecimiento.

Y a los que siempre la denunciaron y ahora no lamentan su infarto, por último, si creen que nuestra sociedad puede regenerarse sin justicia, y con la vuelta al siglo XVIII de populacho “espontáneo” indignado a la puerta de los juzgados.

Está bien que tengamos condescendencia ante la muerte, pero nos iría mejor si practicáramos en vida la reflexión y la crítica medida. Que caiga toda la condena, también la social, sobre la persona que los tribunales determinen que es culpable, pero hasta que ello no ocurre, proceder a arrojarse los sumarios los unos sobre los otros, solo retrata una sociedad de lobos y mediocres.

Esta mujer ha muerto entre chistes, pintadas, anónimos, insultos y feos. Si al cabo del tiempo se demuestra que es culpable de algo, aunque no sea gordo, espero que los de siempre (en su casa o en las ajenas), sigan hablando mal de ella.

Continuará siendo un comportamiento desafortunado, pero al menos no hipócrita. La España de la ofensa y la mala leche existe porque todos nosotros preferimos machacar al que opina lo contrario, en vez de practicar en nuestro día a día las virtudes que afloran solo ante la lagrimilla del pésame.

En cuanto a Fidel, y aplicando la doctrina de este escrito: cinco años buenos y treinta y nueve malos, así que la despedida que le corresponde, es la que es.

Enrique Belda Pérez Pedrero

Enrique Belda oct12 (4)

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