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Trump, Putin y la victoria de los bajos instintos

A medida que van pasando los días desde que, a comienzos de noviembre, resultara elegido Donald Trump como presidente de los Estados Unidos, se va confirmando que la mayor parte de sus colaboradores responde a un perfil reaccionario y pagado de sí mismo.

Quieren, o al menos lo pretenden, tomar una serie de decisiones que creen imprescindibles para su nación sin dar lugar a muchas discusiones ni aceptar ninguna sugerencia.

Viene a ser algo así como un “ahora o nunca” en el actuar, en el que van a aprovechar la victoria de su medio país para llevar a cabo labores de gobierno basadas en sus propias experiencias, creencias, miedos y prejuicios.

No creo que ningún responsable público pueda serlo de todos, o al menos de la mayoría, si no parte de la base de dudar de sus propias verdades. Mucho menos creo en que sea bueno que lo que prime sea la sensación de fortaleza que se transmite cuando se toman decisiones ejemplares y de manera expeditiva.

A través de la historia de la humanidad, en los momentos de crisis, súbditos primero y luego ciudadanos, han apostado por líderes que les sacaran de una situación mala para conducirles a otra, en principio mejor. Lo que la historia también nos dice es que la mayor parte de las ocasiones, esas decisiones han rescatado a la gente de un pozo para luego arrojarla a una fosa.

Hoy en día, gran parte de los votantes, en todos los países del mundo, siguen buscando perfiles caudillistas para los cuales el fin justifica los medios, resultando que los medios son infames y el fin, o es inconcreto o es sencillamente falso.

En el caso de Rusia, no sería muy justo culpar al votante del paulatino proceso de autoritarismo que se ha producido en su gobierno, por la endeblez de formación cívica y tradiciones democráticas.

En Estados Unidos, hay de todo: Trump tiene electores que se guían solo por pulsiones, con un esquema mental reducido a cánones infantiles en lo político, pero también muchos otros convencidos de que un perfil autoritario y apabullante con todo lo que consideran sus enemigos o rivales, no puede venirles mal.

Y desde luego, también hay otros que consideran aún peor la hipocresía de los líderes tradicionales del tipo Hillary, cuando observan en ellos, tan solo, un ansia de poder personal como único objetivo de vida. En cualesquiera de los casos y sea cual sea el país donde miremos, el origen del problema está en la ausencia de civismo a la hora de votar.

Se sigue utilizando las elecciones como una forma de desahogo, como un vómito, como una manifestación sin filtro, y como una exteriorización de frustraciones. El protagonismo del pueblo consiste en la presencia pública continua en todos los asuntos de la comunidad y en el ejercicio consciente de todos sus derechos.

Si creemos que lo único que la democracia nos pide es votar, no me extraña que por ese medio salga lo peor de nosotros mismos, con resultados que no siempre son los esperados.

Enrique Belda Pérez Pedrero

Enrique Belda oct12 (4)

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