¡ALERTAS!

Ofensas a la patria y otras trampas en las que caemos

Cuando a alguien al que le falta un hervor, por edad o por formación, se le dice que no haga una cosa, la hace. Sea niño o miembro de algún recóndito ayuntamiento gerundense.

Nuestro Estado de Derecho está respondiendo muy mal ante los actos de insultos a los símbolos de España y de la Democracia, lo que genera que cada vez más y más gente, incluso bien dotada intelectualmente, se permita quemar banderas, romper constituciones, colgar imágenes del Rey cabeza abajo, o pitar al himno nacional.

Los legisladores deberían plantearse la necesidad de arrinconar a quienes no respetan los símbolos, propios y/o ajenos, a través de la ignorancia y la indiferencia que se les presta socialmente a los desorientados, a los iracundos y a los memos, pero como lo que se hace es tratar estos comportamientos como tema de Estado, se les da alas. Y encima, en algunos casos, al meter de por medio a la Audiencia Nacional, el faltón y la faltona de turno se acaban convirtiendo en el centro de su particular universo reivindicativo, pues todo un país y sus instituciones, les elevan a los altares de la disidencia haciéndoles mártires.

Luego vienen las manifestaciones de apoyo, fotos ante tribunales de Madrid, campañas de adhesión del mismo corte que tenían los presos de ETA y, en fin, la consagración de toda una necedad al servicio de la idea que quieren defender (en este caso la independencia de un territorio, fin perfectamente aceptable como objetivo de unos ciudadanos, pero que puede ser reivindicado usando medios que no atenten contra otros conciudadanos).

En definitiva, claro que ha de tener alguna consecuencia cualquier ofensa a la patria común, porque es una bofetada concreta sobre las personas que la componemos y luchamos por una sociedad civilizada conjunta, pero el castigo debería ser una sanción económica de naturaleza menor al margen de los tribunales “especializados”, puesto que el proceso que lleva al castigo, hasta ahora, se convierte en el premio o retribución pública que persigue el ofensor para ser reconocido en su base social.

Los símbolos son imprescindibles en todo grupo humano, pero no pueden ser usados para separarnos, que es precisamente lo primero que busca el nacionalismo de cualquier tipo.

Los símbolos: bandera, himno, la corona, y el escudo, se comparten y potencian, pero no pueden ser protegidos al modo de otros bienes jurídicos, porque siempre habrá alguien que no conecte con ellos por cualesquiera razones ideológicas y religiosas.

Y frente a eso, tan solo cabe imponer un respeto que nos retribuya al resto de su ofensa a lo que representan, pero sin castigar al ofensor con, precisamente, aquello que pretende: procesos y penas que le sirvan para convertirse, a su vez, en símbolo alternativo.

Enrique Belda Pérez Pedrero

Enrique Belda oct12 (4)

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