¡ALERTAS!

Una sociedad disparatada

Cuando en una fiesta alguno se desmadra, es mucho más sencillo que los demás desfasen. Los comportamientos impresentables, pese a lo que se cree por los bien pensantes, son mucho más contagiosos que los heroicos.

En estos días se ha glosado el ejemplo del madrileño que fue asesinado por defender a otra persona del ataque de unos terroristas. Se está poniendo de referente para una llamada hacia una sociedad más comprometida y solidaria.

La defensa del débil como primer impulso, dicen algunos que se ha sustituido por la necesidad de grabación de lo ocurrido, como primera acción. Se hace por inercia, ni siquiera porque se piense que dar testimonio gráfico de un atentado o de una paliza a un adolescente, sirva para aportar pruebas (las conciencias se tranquilizarían: no me juego la vida y además ayudo después a hacer justicia).

No es eso: falta en nosotros, ingleses o españoles, una vocación de inmediatez en la atención al prójimo, y más si no lo conocemos, y descargamos toda la responsabilidad en el Estado, que nos debe de proteger. Eso es así, pero olvidamos que en Democracia todos somos un poco el Estado, y solo la concurrencia de un sentimiento solidario de ciudadanía, de protegernos unos a otros, anticipa la actitud interventora de los poderes públicos.

No somos héroes, puede que ni siquiera en potencia, pero bastaría que no perdiéramos la cabeza ante radicalismos y fanatismos, y esa cabeza también se pierde cuando ignoramos sus amenazas, acosos en redes, bravuconerías y malos modos.

Justo en estos mismos días del atentado de Londres, elementos desquiciados de la izquierda andaluza piden también la independencia para este territorio, primer ejemplo de que es el disparate lo que se extiende más deprisa.

Segundo ejemplo: otro grupo de personas, en Aragón, pide rehusar las donaciones de un compatriota a la sanidad pública, alegando que si pagara todos sus impuestos en España se obtendría el mismo dinero. Un considerable número de españoles lo secunda.

Tercer ejemplo: se hunde un banco y mucha gente lo celebra porque allí tenía, según ellos, el dinero el Opus Dei.

Así podríamos seguir, sin acabar de señalar desgracias colectivas, y solo en una semana, encontrando supuestos de enajenaciones contagiosas.

Enrique Belda Pérez Pedrero

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