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La fiesta de ” La Vaquilla” de Chillón, declarada de Interés Turístico Regional

La fiesta de ‘La vaquilla’, de Chillón, acaba de ser declarada Fiesta de Interés Turístico de Castilla-La Mancha después de que el Ayuntamiento haya estado tres años “luchando” porque esta tradición consiguiera el título.

Así lo refleja una Orden de la Consejería de Economía, Empresas y Empleo, publicada el pasado día 14, a través de la dirección general de Turismo, Comercio y Artesanía, y que será publicada en breve en el Diario Oficial de Castilla-La Mancha (DOCM).

El alcalde de Chillón, Jerónimo Mansilla, ha dicho a Efe sentirse “muy emocionado” con esta declaración regional de una tradición “única en Castilla-La Mancha que, por fin, tiene el reconocimiento que merece”.

‘La vaquilla’ es una fiesta en la que vecinos y visitantes pasean por el pueblo recordando lo sucedido entre julio de 1582 y agosto de 1583 cuando la villa se vio azotada por una peste que tomó, para su remedio, el patronazgo de San Roque.

De esta forma se creó la Hermandad de San Roque y que los días 13 y 14 de agosto se celebre una original fiesta donde los chilloneros recuerdan aquella peste, ahora simulada por el cuerpo y la cabeza de una vaquilla de madera a la que, en forma alegórica, se le da muerte entre el júbilo de los asistentes, unida a bailes y expresiones de alegría para rememorar así la milagrosa desaparición de la peste que sufrió hace ahora casi 500 años.

Creada en 1587, la fiesta comienza la noche del 13 de agosto con el monorrítmico “son” del tambor que inicia la marcha triunfal de ‘La vaquilla’ por las principales calles del pueblo.

La gente que espera en la plaza se presta rápidamente al “jolgorio”, apiñándose alrededor de ‘La vaquilla’ como provocando su embestida, y gritando ‘¡Erra!, ¡Erra!, ¡la vaquilla!’ el hermano que la lleva, corriendo de un lado a otro tras la gente, simula el ataque y, así, en todo el trayecto, hasta que la cede a los mozos que se van turnando entre sí hasta llegar de nuevo a la plaza.

Tras unas horas de descanso, al alborear el nuevo día ‘La vaquilla’ es llevada a las viñas más próximas al pueblo donde es coronada con verdes sarmientos y frescos pámpanos, y así es devuelta a la población, donde sus gentes, despiertas por el sonido mágico de la diana tamborilesca, irrumpen a la calle para presenciar el final de tan extraño rito: la muerte de ‘La vaquilla’.

En la plaza, donde se concentra el vecindario, se abre un amplio corro y en él se coloca la Hermandad de San Roque, ornada con todas sus galas y presidida por su Capellán. El Capitán da unos pases a ‘La vaquilla’ y seguidamente le da muerte con la contera de su bastón.

Inmediatamente, el paje, un niño que acompaña a la Hermandad en todo el trayecto, comienza a comerse la pera que había llevado clavada en su machete, lo que simbolizaría la desaparición de los bubones, uno de los síntomas de la peste.

Después, y como punto final, el Abanderado y tras él cuantos hermanos gustan de hacerlo, bailan la bandera como símbolo inequívoco de alegría ante el cese de la peste, luciendo su garbo y donaire en rápidas y estilísticas piruetas que hacen las delicias del público.

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