¡ALERTAS!

Españoles (o catalanes): no hay dos iguales

Las personas que se quieran dedicar a la política han de saber que lo primero que tienen que hacer es conocer la realidad. Luego la podrán interpretar e intentar trasladar a todas las personas su modelo de organización. La característica más indiscutible de los pueblos es que no encontramos en ellos dos personas iguales. Por eso, resulta algo patético, cuando no peligroso, que los sectarios que anidan en partidos o movimientos asimilables, se crean en posesión de una única verdad, que no se les puede discutir, y con la que pretenden uniformar al resto de conciudadanos.

No nos engañemos porque el tema sea tabú y nadie lo quiera tratar: la necesidad de encuadrarnos por gustos, sexos, ideología, religión, lengua, o cualquier otro criterio, viene muy bien a quienes quieren vendernos cualquier bien de consumo.

Algunos políticos lo que hacen es utilizar, de la misma manera, criterios clasificatorios para otorgar a aquellos con menos personalidad (puede que derivada de una falta de educación o de una educación sesgada), alguna meta vital que les sitúe como parte de un colectivo mayoritario. Y es que a la gente le gusta ser parte de las mayorías pues resulta mucho más cómodo, y la propia responsabilidad se difumina en la apelación a las opciones colectivas.

Sin embargo, todos sabemos de la mentira de este planteamiento, por lo cual los partidos, tradicionales o aparentemente nuevos, que sigan pretendiendo el encuadramiento ideológico, la imposición de ideas o símbolos, o las posturas maximalistas, tendrán que acabar dando cuenta en el futuro de su maldad.

La única certeza es que todos somos distintos y por ello, la democracia tiene que fijarse en cada uno de nosotros para protegernos individualmente, sin que ello sea obstáculo para atender a demandas colectivas.

 Lo que ocurre es que mientras que es muy fácil determinar aquello a lo que cada uno tiene derecho, no puede decirse lo mismo de las causas colectivas, en las que día a día se demuestra la propensión a la manipulación de aquella parte del todo que, por desidia, desinformación o simple bondad, está dispuesta a seguir el juego de los tiburones de siempre, prestos a transformar esos presuntos derechos colectivos en suculentos y concretos beneficios propios.

Enrique Belda Pérez Pedrero

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