¡ALERTAS!

Carreteras, hospitales y otras promesas que la gente quiere oír

Ya queda algo más de un año para la llegada de nuevas elecciones autonómicas y municipales, y reaparecen con todas las fuerzas cierto tipo de promesas grandilocuentes por su coste, que permanecen aletargadas desde 2015. Están por toda España y se refieren a construcciones casi siempre necesarias pero inalcanzables desde las realidades presupuestarias que vivimos en la última década.

Si los políticos las sacan al debate es porque al público le gusta escucharlas. Un altísimo porcentaje de los votantes de 2019 seguirá dispuesto a pedir, a exigir, e incluso a creer, aquellas propuestas que le alegren el oído, y pensará que no está en la obligación de valorar los costes pues “para eso paga impuestos”. Es como si en la biblioteca de nuestra casa, que habitualmente no pasa de una pared de dos metros, reclamásemos la llegada del legado póstumo de Vargas Llosa (que con la vida que lleva a sus ochenta, política, sentimental y de saraos, va a ser llamado por El Señor más pronto que tarde), porque disponemos de estanterías.

Seamos realistas: con los impuestos anuales de quien eso cacarea, no llega ni para pagar un metro de acera. Sucede con las macro promesas y sus paladines, que tienen además el perturbante efecto de dinamitar las más legítimas reclamaciones de los que verdaderamente necesitan infraestructuras porque sin ellas, simplemente, desaparecerá su pueblo más temprano que tarde.

Me refiero a las peticiones históricas como las de los municipios del entorno de la carretera que conecta Castilla-La Mancha con Extremadura, o Ciudad Real con Toledo, que entiendo nunca vieron con buenos ojos el desdoblamiento de otras vías en lugares más ricos por las que transita medio coche al día, como la AP 42. Es muy sencillo decir que los políticos se equivocan con las inversiones: es cierto que siempre esperaremos ver que caiga todo el peso de la crítica, cuando no de la justicia, sobre aquellos alegradores de orejas que nunca niegan ni la inversión misma de barbaridades (puentes sobre el Tajo que no van a ningún sitio, por ejemplo), ni una buena promesa sobre un futuro celeste a base de dinero que otros han de pagar (llevar trenes a donde nadie se subirá).

La cuestión es que no hay una sola plataforma que proteste ante las diarias promesas de cualquier tipo que eluden presentarse con un respaldo o memoria económica de ejecución y sostenimiento. No es de extrañar que ciertas fuerzas políticas nacionales y autonómicas edifiquen todo su ideario sobre el reparto de inexistentes subsidios, salarios mínimos, extensiones de prestaciones sociales y proliferación del sector público: la cuestión es que ninguno/a de sus votantes les pregunta cómo se paga la fiesta. Es la suerte que tiene la raza humana de contar con bondadosos, excelentes y altruistas hombres y mujeres que no piensan en los aspectos económicos, para así darnos lecciones al resto de su grandeza de miras y aprecio por el verdadero sentir de la vida. Al precio de desollarnos, eso sí.

Enrique Belda Pérez Pedrero

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