¡ALERTAS!

¿Para cuándo la UE mirará a África?

En los desvelos nuestros de cada día como personas y como país, por años que pasen, las conciencias llevan a los últimos lugares, por la costumbre de oírlo, las pateras y sus naufragios. La crisis se va y se viene, y Puchi hoy está en Bruselas y mañana quién lo sabe, en Barcelona o en Alhaurín. Pero en nuestro segundo plano mental se acumulan niños, madres, fríos, lanchas y polémicas sobre qué hacer cuando llegan. Al hambre, al deseo de mejorar, no se le pueden poner puertas.

Una cosa es negar la posibilidad de que las alambradas, las patrulleras y los policías puedan hacer algo al respecto, y otra muy distinta es extender, potenciar y permitir la conciencia de que tras la puerta se encuentra el paraíso, y que nuestro deber es abrir nuestras puertas como solución principal.

Como en todos los debates, la falsedad del planteamiento se pone al servicio de quienes sólo pretenden utilizar el asunto para atacar a los gobiernos de turno, evitando todos (gobiernos, y almas caritativas y acogedoras), centrarse en proponer cómo y cuándo nuestras naciones y la UE afrontan el problema de verdad trasladando sus inversiones y desvelos a donde puede ayudarse en serio, que es en los países de origen.

De eso oímos poco porque es más sencillo quemar a los responsables migratorios y lidiar con los xenófobos, que articular una labor de penetración económica y social en África, especialmente porque ello demandaría de vez en cuando del acompañamiento de militares matando a corruptos y tiranos y, claro, eso es imperialismo.

Siempre han existido durante la historia estos flujos migratorios y siempre, en el análisis de las estructuras políticas de los Estados, los mensajes manipulados, cocinados y elaborados que fabrican para su consumo interno, han desechado partir de donde sale el problema, de la propia África, para llegar a la única solución que ataje las llegadas masivas y las reduzca a la movilidad propia que caracteriza a zonas más desarrolladas.

Los de las pateras que llueven por la costa, comparables a los barcos esclavistas de tres siglos atrás, son la punta del iceberg de la cuestión: la muerte, el abuso, el maltrato está allí, y es casi ridículo montar un debate sobre el estatuto administrativo de los centros de internamiento pues la auténtica afrenta no es que no se esté dando el mismo trato en ningún lugar de Europa a los seres humanos que llegan, que a los que ya estamos, (cosa que es denunciable desde luego): lo que más nos debería inquietar es el silencio sobre lo que pasa en sus países de origen donde la masacre y la hambruna es la tónica general, y su eco solo llega a espacios minoritarios, como los telediarios nocturnos de La 2.

¿Cuántos españoles están contentos porque dan dinero a una ONG o han protestado por las condiciones de los centros de internamiento? Enhorabuena, eso está bien, pero me quedo con los que piensan en clave de llevar allí desarrollo permanente, no caridad, y con los que conocen que exportar el conocimiento vale más que el rasgarse las vestiduras por la existencia de fronteras, que solo es la consecuencia de la ingobernabilidad efectiva de prácticamente todo el continente africano.

Enrique Belda Pérez Pedrero

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