¡ALERTAS!

Semana de la discapacidad, semana de la dignidad

En el universo de la discapacidad, la concurrencia de la dignidad, explicitada en España a través del art. 10.1 CE, resulta imprescindible para prevenir y responder cualquier lesión de derechos.

Piénsese solo por un momento, ante una situación que viva un dependiente con discapacidad, en riesgo o víctima de violencia, en casa: la inferioridad y desamparo aumentan el efecto de una agresión física, sexual, económica o de cualquier otro tipo, y añaden a la vulneración del derecho de esa persona, un objetivo desprecio de su dignidad.

Por ejemplo, cuando un gran discapacitado físico requiere constante apoyo de terceras personas, la protección del derecho a la intimidad demanda de una muy especial atención que concilie su núcleo esencial con la imprescindible concurrencia física de extraños a ella. El espacio en el que nos moveríamos para prevenir una merma de sus derechos sería de contornos difusos y solo el respeto a la dignidad de la persona serviría como criterio inspirador para definir los márgenes de intervención.

Lo mismo puede servir de muestra el comportamiento social en cualesquiera otros derechos: ¿Han tenido ocasión de ver votar a una persona en silla de ruedas cuando no podía acceder al colegio electoral? Su derecho al voto se cumple, además se iguala al resto en el ejercicio de los derechos, pero su dignidad queda en entredicho si, en vez de sacar el presidente de la Mesa, la urna a la puerta del colegio (ante la inaccesibilidad persistente en algunos locales), transportan en vilo al votante y a su silla, entre varios, hacia dentro.

La vida diaria es tozuda en ejemplos similares en los que intervenciones corporales y psicológicas, requieren para su evaluación una apelación continua a la dignidad para conciliar la finalidad que persigue la Igualdad en todas sus acepciones, con unos métodos adecuados para conseguirlo. En los casos más graves, los de maltratos por parte de los propios acompañantes y cuidadores, las soluciones que a veces se les dan son peores que la permanencia en su ambiente, si la dignidad no se baraja en las medidas a adoptar: sin una correcta intervención de los servicios sociales, tras la cesación de violencia surgiría una realidad de desamparo. Si la víctima es trasladada desde su vivienda a una residencia asistida donde no desee estar u obligada a ello como única salida, entrarían también en juego una serie de derechos claramente afectados. O si su intimidad (corporal, familiar, social) se tiene que desvelar ante una procesión de trabajadores sociales municipales que se sucedan a todas horas por su domicilio para sustituir al maltratador, estaremos provocando una afectación del espacio irreductible que, a su vez, servirá de ejemplo a otras personas en la misma situación para tolerar cualquier tipo de violencia de su pareja, como mal menor. Si la intervención legal, policial, social, médica y asistencial, se edifica conociendo los derechos en presencia, evaluados desde la óptica de la dignidad, puede que algo cambie.

Enrique Belda Pérez Pedrero

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: