¡ALERTAS!

El difícil equilibrio de la paz social

En los sucesivos análisis que se hacen desde esta tribuna sobre Cataluña, siempre primo dos líneas: la principal es la llamada a la paciencia y ponderación ante ese enorme problema que no se va a resolver a corto o medio plazo, y puede que ni en décadas.

La segunda es la denuncia del nacionalismo, bajo cualquiera de sus formas, que prefiere conceptos intangibles y primarios a la simple aplicación de la democracia y de los derechos humanos.

En estos días entre la constitución del parlamento catalán elegido en las elecciones del 21 de diciembre pasado, y la investidura del nuevo/a presidente de la Generalitat, todos los actores políticos están en una inmejorable posición para procurar con sus palabras y hechos que la paz social se asiente tras los graves enfrentamientos del otoño de 2017.

Algunas voces, tímidas aún, en el nacionalismo catalán, parecen intentar en las formas (no se les pide otra cosa llegados a este extremo) el retorno a la situación de pseudo-entente ficticia entre ellos y el resto, aunque sin renunciar a sus objetivos.

Es todo lo que la paz y las libertades tienen para explotar en su beneficio y, aunque es poco, ojalá que esos guiños se transformen en tendencia que se imponga a los presos, a los evadidos y a los evasores que les financian.

En España tenemos ya la experiencia de tener que tirar para adelante con tan ínfimos resortes, como se vio con ciertos perdones a la línea blanda de ETA, para dinamitar a los más criminales y sectarios. Filosóficamente esta postura puede ser criticable y hasta cobarde, pero es la que la dinámica de enfrentamiento nos obliga a tragar. La paz social mantiene una dura pugna, en muchas ocasiones, con la justicia, y son inciertos todos los caminos que las quieren compatibilizar.

En la respuesta del Gobierno español, para colmo de sus males y de los nuestros, pero también para fortuna de la Democracia, no juega la actitud de la Justicia que, inexorable y ciega, debe perseguir cualquier comportamiento contrario a las libertades y leyes que todos nos hemos dado.

Ante este incierto panorama, que no es otra cosa que un campo de minas, hoy más que nunca deberíamos exigir a los responsables políticos la mayor altura de miras, que pasa por un escrupuloso respeto en las formas de unos con otros, para que ello tenga reflejo en el apaciguamiento de la calle y en el aislamiento de los cientos de cabestros/as, que en cualquier circunstancia histórica de este tipo, disfrutan dinamitando las estructuras sociales en las que suelen fracasar, apelando a extremos salvadores que, no solo no les van a redimir a ellos/as como personas, sino que afectarán gravemente la vida del resto.

A la clase política catalana no se le puede pedir ya, y a estas alturas, una capacidad de liderazgo sano y democrático, pero exijámosles, al menos, mesura de formas.

Enrique Belda Pérez Pedrero

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