¡ALERTAS!

Encuestas, tendencias y vaivenes

Creo en las encuestas sobre intención de voto. La sociología electoral, en general, tiende a ofrecer un retrato estático de la comunidad política que estudia, y de sus preferencias.

Se dice tantas veces que las encuestas fallan, que parece quedar la imagen colectiva de su ineficacia. No creo que sea así: lo que provoca, a veces, errores, es la incorrecta lectura que desde algunos profesionales y desde los agentes políticos se realiza de las mismas, olvidando principalmente que se refieren a unos días concretos.

El reflejo de la verdad en una encuesta sobre intención de voto que diga que el partido Ciudadanos hubiera sido a principios de este mes la fuerza más votada, es un hecho, como también lo es que en política un mes, y no digamos un año, es un mundo, en el que todo se transforma a velocidad de vértigo.

Desde una evaluación de todas las encuestas publicadas en los últimos años, sí que es posible, sin embargo, detectar tendencias ya consolidadas en gran parte del electorado, lo que es transcendente pero de ninguna forma decisivo. ¿Cuál es, a mi juicio, ese panorama? Pues el de la consolidación, a nivel del Estado, de cuatro fuerzas políticas, dos de las cuales, las más antiguas (PP y PSOE), tienen una base electoral de cemento que no baja del veinte por ciento, y llegadas las elecciones tienen todas las posibilidades de sobrepasar el veinticinco, dado el recuerdo de voto y su implantación territorial. Y otras dos, las de más reciente creación, con una base o suelo de votantes menor, aunque muy movilizado, que está en condiciones de generar temporalmente adhesiones en ola que, también, llegadas las circunstancias, les pueden permitir alcanzar puntualmente un veinticinco por ciento de los sufragios.

Las elecciones se van a ganar con el espacio más moderado o centrista, pero eso otorgará, todo lo más, mayorías simples.

Por tanto, lo único que no es futurología, es preparar a la ciudadanía y a la clase política para las coaliciones o, por lo menos, la cultura de los pactos puntuales. Eso requiere que votantes y representantes aparquen los maximalismos propios de la cultura política de España y recojan el guante de las sugerencias ajenas, cuando éstas son indiscutibles y basadas en el bien público (el Presidente Rajoy, por ejemplo, lo hizo días atrás ante una pregunta de una senadora de la oposición sobre la explotación de las camareras de hotel). Se ha de terminar, por ello, de asociar los fundamentalismos programáticos con la fiabilidad. Si bien, tampoco se puede caer en el otro extremo, que es el de simplemente adaptar tu programa a las encuestas, en busca del votante descarriado. Se trata de conciliar buenas ideas de unos y de otros, llegando a acuerdos, y no de que un partido ofrezca soluciones cortoplacistas a la carta para optar a una victoria momentánea.

Enrique Belda Pérez Pedrero

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