¡ALERTAS!

Una Semana Santa para todos

La Semana Santa española se presenta hoy, bien entrado el primer tercio del S. XXI, como una depurada muestra de convivencia cívica entre los que la viven y disfrutan en torno a la pasión y muerte de Jesucristo, y los que aprovechan estos días para un descanso en el que se goza el buen tiempo (sí, aunque a veces llueva, el tiempo no es el de enero).

La cuestión positiva que ha arraigado en las últimas décadas, es cómo convergen los dos planos, religioso y lúdico, generando un período de vivencias de carácter cultural a muchas personas que permanecen al margen de los asuntos divinos o que profesan otras creencias, pero que experimentan también la exteriorización de la religiosidad característica de los actos de culto propios de estas fechas.

Es la máxima expresión del respeto y convivencia social que han conseguido muchos países avanzados en los cuales las religiones mayoritarias, la mayor parte de las veces por propia iniciativa, se separan del aparataje estatal para ganar en autenticidad y profundidad, mientras tanto los no creyentes, se benefician de la tradición de asociar las festividades públicas con las religiosas, observando la faceta artística y cultural de los ritos, o simplemente, utilizando su tiempo como les convenga.

Este maridaje característico de la paz social no parecía adivinarse a mediados del S XX cuando, sin ir más lejos en nuestro país, el sistema político se calificaba como confesional e imponía modos y maneras a cualquiera que estuviera dentro del territorio nacional. O años antes, la exaltación de un laicismo entendido en sentido negativo como elemento de combate contra el hecho religioso, se desentendía de las reglas básicas de la libertad de pensamiento que muchos proyectaban en una participación pública de su fe.

Las democracias actuales saben de la necesidad de imponer una separación nítida entre Dios y el Cesar, pero sin entender como excluyentes de interés social, cultural, histórico o económico, cualesquiera de las manifestaciones religiosas de las que sus ciudadanos se alimenten.

En Castilla-La Mancha, es sorprendente la movilización juvenil en el mundo cofrade, participación que contrasta con la atonía habitual del movimiento asociativo, así como la afectación positiva que el mundo de la cultura y el pensamiento de nuestros pueblos obtiene de arraigados usos antropológicos y costumbristas.

La Semana Santa es uno de los mejores ejemplos de cómo muchas señas de identidad del pasado, correctamente entendidas y nunca impuestas, engrandecen el patrimonio común de nuestra sociedad.

Enrique Belda Pérez Pedrero

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