¡ALERTAS!

Solo la puntita, o el no, pero sí

Hablamos ya de la Semana Santa en el último comentario, y aunque lo que voy a decir es bastante profano, resulta que no podemos callarnos un día más ante el escandaloso comportamiento de ciertos medios de comunicación en el caso del asesinato del niño Gabriel.

Sobreponiéndose al dolor y en el peor de los momentos, tuvimos a la madre ante toda la sociedad española con un claro mensaje: dejadnos pasar el duelo en silencio y no le deis acogida a la bruja malvada. Algunos programas, tertulias y canales, como si oyeran de llover: especiales sobre el dolor que todos vivimos, viajes a Dominicana o Burgos a sondear el pasado de la asesina confesa, reiteración del llanto de los padres, teorías sobre el complejo de inferioridad de la presunta agresora, declaraciones del primo de la vecina del cuñado del último viejo verde que se tiró la tal Ana Julia, etc. etc.

Lo más grave de todo, son dos elementos, a cada cual más asqueroso. El primero es el seguimiento morboso de miles de marujos y marujas desocupados por razón de la edad o del paro, que piden esa carnaza. El segundo, el de la hipocresía de los directores y conductores de diversos programas que comienzan a proclamar el desconsuelo que todo les produce y afirman que van a respetar el dolor de la familia, para acto seguido entrar en el tema a saco, con cualquier excusa, trufando sus relatos con la reiteración, casi enfermiza, de los abrazos y lágrimas de la presunta asesina a todo el mundo durante los días de la desaparición de Gabriel.

Muy zafia es la expresión que encabeza este comentario y si alguien no la conoce, pues mejor. Pero los que sí sepan de lo que se trata, convendrán conmigo en que refleja fielmente el comportamiento de ciertos medios y telespectadores estos días: no debemos seguir con ello, no lo vamos a hacer, pero venga, ponme un poquito nada más, a la madre derrumbándose y a la familia de la agresora renegando de su sangre, y también al bar de citas de Burgos donde sacaba dinero a los salidos, y a la vecina diciendo lo normal que parecía la tipa.

El endémico problema de educación cívica tiene que conjurarse, si no es posible con acuerdos de Estado por la inmovilidad de ciertos agentes sociales y políticos, al menos con el fomento de una empatía social hacia el prójimo. Nada menos que lo ha pedido la madre de la víctima, persona que, si hubiese que elegir a la española con la que todos nos reconocemos en este mes, saldría rotundamente victoriosa. Ella es la que lo ha implorado, pero parece que a muchos no les vale ni tan siquiera que sea ella la que lo promueva, y en un momento tan difícil. Imaginen entonces cómo pueden quedar los llamamientos a la cordura, sea en el tema que sea, que quiera hacer cualquier líder político o social.

Enrique Belda Pérez Pedrero

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