¡ALERTAS!

Fariña (la cocaína) y el PP

En la serie que acaba de terminar, y que ha triunfado en el prime time de Antena 3 y sus adyacentes, riegan varios capítulos con acusaciones directas de complicidad, treinta años atrás, entre los narcos gallegos y dos políticos de esa comunidad, Fraga y Fernández Albor.

Ambos fueron intachables en su servicio público a Galicia, con todo ya ganado en su vida profesional y sin merma alguna de integridad. Pero el honor de los políticos no vale nada en España, y menos después de muertos o con cien años a las espaldas, en el caso de Albor: cualquier autor o guionista tiene suficientes mimbres en los que escudarse cuando difama a cualquier servidor público (la libertad de expresión, las licencias novelescas, supuestas fuentes contrastadas, lo vertido en la investigación por imputados, etc.).

En la misma serie aparece el juez Garzón en sus buenos años de valiente, mucho antes que se entregara a la caspa de la revolución populista, como contrapunto de los malvados dirigentes conservadores.

En España es ya una tradición que el más canalla de cada película, la más pérfida de las protagonistas de cada serie, el más memo e iletrado de cualquiera de los personajes, sea de pasada o directamente, forzando o sin forzar el guion, un votante del Partido Popular o de cualquier formación “no de izquierdas”.

Mientras, los héroes y comprometidos/as (véase no sólo Fariña, también Cuéntame, y hasta en la sátira brutal de La que se avecina), son decididamente ultraizquierdistas y antisistema. Es la pequeña gran venganza que los guionistas y productores se toman con el partido que dicen que no les apoya, ni en impuestos, ni en subvenciones, ni en reconocimiento.

Algo hay en la actitud de largo desencuentro entre cómicos y determinados políticos, que creo que debería tenerse muy en cuenta, como ya lo está haciendo muy sutilmente el actual Ministerio de Educación y Cultura, y eso también pasa por aceptar sin despeinarse las brutales críticas.

Pero no estaría mal que en la mayor parte de temas que afectan a la gente, se le exigiese cierto criterio de ponderación, justicia y mesura a los creadores o artistas que son referentes públicos de todo un país y a veces nuestra imagen en el extranjero. Y todo ello sin caer en los extremos que algunos aludidos perpetran cuando se hartan, emprendiendo campañas en redes, poco pensadas y exageradas, que acaban con películas u otras creaciones.

La crítica es absolutamente imprescindible, y más en una democracia como la nuestra en proceso de cambio social evidente, pero para que el derribo no alumbre una sociedad enferma de raíz, será conveniente pararse un momento a pensar qué cosas del pasado y quiénes de sus protagonistas deben ser salvados de esa quema para que la nueva sociedad se cimente en algo más que la posverdad, el relato reconstruido, o las fake news.

Enrique Belda Pérez Pedrero

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