¡ALERTAS!

“Tranquilas” Irene y Pablo, que ya no hay revoluciones

Me parece ya ordinario y reiterativo hablar de las estupideces que protagoniza la verdadera izquierda española, y si lo hago ahora es porque me lo piden los lectores tras la consulta a las bases que la parejita ha impulsado.

Es tan obvio el cachondeo ante la mala cabeza que se adivinaba desde un principio en estos líderes, por su insensatez de críticas, su falta de autocontrol en el fornicio entre compañeros, o sus luchas internas estalinistas; que el episodio del casoplón, y la reacción de sus “críticas” bases, no creo que permita más comentario.

Me parece una inversión barata, y con las fotos en la mano yo diría que más bien eso les va a costar doscientos mil euros más. Y también es una inversión segura: no solo por la formación y buen juicio de la mayoría de los españoles, se aleja el riesgo de la sangre que llevaría un asalto revolucionario/okupa a esa propiedad, también la propia organización social del presente hace imposible un altercado civil que tuviera consecuencias incautadoras.

Me explico: hasta hace unos años, cuando el pueblo estaba cansado, tenía la posibilidad de salir a la calle y agarrar al rico de turno para matarlo y expoliarlo. Durante siglos, ante cabreos monumentales, uno podía permitirse entrar en casa del señorito a quitarle las joyas, los caballos, y el “vidriao”: revolución y reparto con sangre que defendían los ahora hacendados podemitas de su mítica II República. En ocasiones la diversión continuaba cortando el gañote al capellán de la finca y al vecino que no te caía bien por haberte birlado la novia.

Pasaba de cuando en cuando en todos los países. ¡y a otra cosa! Ahora, señores/as, ya ni tenemos ese pequeño desahogo porque los ricos tienen el dinero en apuntes bancarios, en este caso en la caja de la república catalana.

Si algo hemos ganado con la crisis es un amplio sentido práctico, y matar al poderoso ya no nos vale la pena. Las grandes fortunas, aunque no lo digan, emigran desde Zapatero.

En 2018 no hace ya falta esa ordinariez de esconder las joyas en el Mercedes y los billetes, como en la película de Berlanga, en una escayola camino de Francia. Ahora se conectan con su ipad desde casa, teclean dos claves y los fondos en cinco minutos están en Alemania, cuando no en sitios menos vigilados. No hay fronteras a menos que seas un ser humano. El dinero y la mercancía si pueden traspasar las marcas del hombre.

Ya veis, “compañeras” Irene y Pablo: nada de asaltos ni de muertes. No por nada: simplemente porque no encontraríamos cosa que vender después. La casa de un pobre tiene hoy una pantalla plana y un lavavajillas tan bueno como el del rico, la diferencia fría y única es el apunte bancario del segundo frente a la indigencia (domotizada, eso sí) del primero.

Leído todo esto en clave civilizada ya saben mi opinión: en asuntos de reparto económico nunca encontraremos justicia en esta vida y habrá que esperar a que sea verdad eso de que un rico entrará en el cielo con la dificultad de un camello por el ojo de una aguja.

Mientras, como desatemos nuestras iras, y especialmente los impuestos, frente a los ricos, estaremos profundizando en nuestros males, y si queremos dinero para terminar con la crisis, habrá que cuidar a los que lo tienen. Tan evidente como injusto. Irene, Pablo y sus nasciturus, también estarán salvados de los cambios liberales en las políticas impositivas, pues son pudientes.

Enrique Belda Pérez Pedrero

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