¡ALERTAS!

La lucha selectiva por los derechos

El problema denominado “es de los nuestros”, supone uno de los orígenes del sectarismo político, pero también el primer elemento de desafección y alejamiento de la ciudadanía respecto de las buenas causas.

Ni que decir tiene que uno de los principales motivos de la condena social a la clase dirigente está en el negacionismo de los propios errores a la vez que pregonan los del contrario. Ello hace que la máxima “todos los políticos mienten”, lleve algo de razón, cuando los responsables políticos denuncian al rival, pero callan ante los puntos flacos de los propios. Eso genera una mentira estructural que cala en la sociedad.

Pero a lo que me quiero referir es a un daño superior, que excede a la política y llega a la convivencia, que es el que provocan los movimientos sociales y ciudadanos de cualquier tipo, que con toda legitimidad y lógica montan un pollo a los gobernantes de un partido A, pero cuando hacen lo mismo o peor los del partido B, se callan y miran hacia Cuenca.

La izquierda española de la Transición, hizo lo que debía al meterse en cada asociación vecinal, movimiento, consejo escolar o sindicato (el problema de que el centro y la derecha no lo hiciera, es sólo suyo), dando una lección a todos de movilización, durante décadas. Eso les generó votos a todos los niveles hasta que en cada escalón territorial se producía la alternancia, y quedaba al descubierto una doble moral en el tratamiento con los nuevos gobernantes.

En resumen, que se protestaba o no, ante una misma carencia, según el color político del gobierno. El descrédito que determinados movimientos sociales y sindicales han alcanzado, no viene solo de la mano del goce de prebendas por sus cabecillas: fundamentalmente se deriva de la contemplación atónita desde el resto de la sociedad de la doble moral o del sesgo ideológico que manifestantes y movilizadores destilaban.

Pues bien, todo ello causa un gran daño a la democracia participativa, que se ha de enriquecer, como sucedía a principios de los años ochenta del siglo pasado, por ese dinamismo social, mientras que hoy una amplísima parte de las salidas a la calle y tomas de posición pública son meros alegatos de acompañamiento hacia gobiernos amigos.

Y sucede lo que sucede: la gente común termina mirando como apestados a todos los que reivindican algo, por justo que sea, ya que los asocian con los grupitos dirigidos por ciertos partidos y sesgados en clave ideológica. La democracia necesita de mil movimientos de defensa de los derechos, sanitarios, educativos, asistenciales, de derechos de la mujer, de los excluidos, de los desahuciados… y quienes históricamente los instrumentalizan (y los integrantes que se dejan instrumentalizar), hacen un flaco favor a su propia causa con ese doble rasero. ¿Verdad señoras silentes ante la ministra de Justicia?

Enrique Belda

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