¡ALERTAS!

El síndrome del afiliado ignorado

Los afiliados/as de todas las fuerzas políticas democráticas sufren una postergación salvable y otra necesaria, que bien se asimilaría a una suerte de mal congénito a su condición. No es de extrañar que, en nuestro entorno democrático, y no solo en España, la afiliación a partidos esté en crisis.

A diferencia de los que somos “militantes” (afiliados que participan asiduamente y de cuando en cuando tienen ocasión de tocar las mieles del servicio público o de cualquier reconocimiento en cargos internos), los afiliados no tienen estructuralmente la ocasión de considerarse útiles para la causa con la que quieren comprometerse, y eso se proyecta en la participación limitada cuando son llamados a consultas, salvo que de momentos muy excepcionales se trate. Esta postergación creo que es salvable, pues los responsables de los partidos tienen ocasión de dinamizar toda clase de canales y consultas para mantener abierto un constante flujo de ideas o atenciones. Este déficit ha sido resaltado hasta la saciedad en niveles territoriales nacionales y regionales, constituyendo una de las principales preocupaciones de nuevos líderes electos, como Casado en España o Núñez en Castilla- La Mancha, que han propuesto un rosario orgánico de alternativas y vías de acceso.

Desde una militancia de varias décadas, opino que un buen consejo para el afiliado es que aproveche cualquiera de los resquicios que el sistema le otorgue para hacerse oír en la estructura interna y que incluso se piense “militar”, es decir, optar a responsabilidades internas o institucionales efectivas. Sin ese auto impulso, el sistema de democratización de un partido se diluye en continuismos.

Ahora bien, y dicho todo esto, me gustaría trasladarles a todos, afiliados y militantes, que hay una postergación necesaria y hasta saludable para la democracia que deberíamos asumir todos aquellos que en una posición más o menos activa estamos en los partidos: es aquella de ceder el protagonismo decisor de las políticas públicas hacia toda la ciudadanía, una vez que hemos influido previamente en nuestros partidos, a aquellos que sean representantes en instituciones.

Las bases de los partidos deben asumir en un sistema representativo una constante renuncia a parte de sus ideas, si desean construir una sociedad plural y tolerante, y un gobierno efectivo y posible.

Los auténticos patriotas y amantes del bien público, no creo que puedan ser los guardianes de las esencias más definitorias de cada partido, ni los radicales de sus propios credos: al menos no en un sociedad plural como la española.

Los buenos ciudadanos participantes en política son los que exponen con claridad sus ideas a la colectividad, pero saben que la realidad traerá un punto medio si se quiere perseguir mayorías sólidas. Lo contrario es la biblia del Gobierno actual: a toda costa, sobre todo y sobre todos, lo que me diga mi dogma. Los líderes que se dejan llevar por sus vísceras y por contentar a los propios, podrán llegar a caudillos de sus casas pero difícilmente ser dirigentes sociales útiles y mayoritariamente legitimados.

Enrique Belda Pérez Pedrero

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