¡ALERTAS!

El fraude de la vida comienza en bachillerato

Como siempre que hay que hablar en España de algo importante, toda la cuestión se reduce a un ejemplo escueto sobre el que posicionarse a favor o en contra. En estos días ha sido la propuesta del Gobierno de permitir los títulos de bachillerato aunque no se aprueben todas las asignaturas.

Parece, y puede que lo sea, una barbaridad, pero solo es otro fleco más del arraigado planteamiento social de formar un país ficticio donde lo importante no sea la realización personal a través del trabajo útil, sino la apariencia formal de igualdad a través del reparto de títulos, muy en especial los universitarios.

Todas las fuerzas políticas y gobiernos presumen de las cifras de graduados superiores sin reparar que lo esencial para que las personas y el país se desarrollen es una adecuación de la formación con el trabajo. La dignificación de los oficios y las profesiones de toda índole, a los que no siempre es necesario llegar a través de títulos superiores, es la asignatura pendiente de nuestro país.

El colmo es, en efecto, esta propuesta en la que toda una ministra de educación justifica que no es bueno dar importancia a los suspensos en la adolescencia para no crear frustración. Y así ocurre: el tortazo vital, la frustración máxima, se viene dando desde hace más de un cuarto de siglo cuando, terminadas las carreras y los másteres, te das cuenta que el trabajo merecido no está en ningún sitio.

Esta necesidad de ir rebajando exigencias para ascender en la vida viene de una torcida visión del derecho a la igualdad: si los ricos pueden dedicar los años que quieran a estudiar conseguirán un título superior, mientras que las clases bajas no. Esto es falso: el haragán con dinero podrá tener lo que quiera, pero a costa de su patrimonio (si queréis, intentamos quitárselo) y de su ambiente, del que no podrá salir por no servir, en el fondo, para nada.

Si nosotros como sociedad le damos todo lo que necesite para estudiar hasta los posgrados a aquellos que no tienen dinero pero que se lo trabajan, es cuando estaremos igualando y haciendo justicia. Si repartimos títulos (y a veces becas) a aquellos que no quieren estudiar, ni competir, a quienes estamos defraudando es a los de menos recursos, pero capaces de arrebatar los primeros escalones sociales a esos que provienen de ambientes con dinero.

Los poderes públicos, de acuerdo con las familias, deberían especializarse en formar como personas integrales a los niños y niñas, de cara a que desarrollaran sus talentos, con los recursos públicos o con los propios cuando los tengan, pero lo que deben de igualar es la dignidad de todos los trabajos y todas las capacidades. Inculcar que todos los empleos son dignos y necesarios, y que, si alguno quiere acceso a puestos que requieran estudios superiores y no tiene medios económicos, la sociedad le va a ayudar en ello.

Ahora bien, en lo que no podemos ayudar es en eximirles de la competencia o el esfuerzo. Es inevitable e injusto que los que están forrados de dinero se doten de títulos, aunque no los merezcan y por cansancio, pero lo evitable y necesario es que apoyemos a los/las demás estudiantes (con o sin recursos) que lo hayan ganado por su actitud y aptitud, para que aíslen y avergüencen a aquellos que treparon por la cartera.

Enrique Belda Pérez Pedrero

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