¡ALERTAS!

España pierde las formas

España es como esas personas, buenas y grandes, que tienen dentro mucho pero por su mal carácter pierden todo.

La falta de contención de ciertos agentes políticos y sociales crea en general un ambiente de crispación que no se corresponde con la realidad de la calle pero que la acaba afectando. La carencia de sentido del decoro impregna de exageraciones y gruesas palabras las campañas electorales y hasta las sesiones del Congreso. La ausencia de empatía con el que piensa distinto fomenta una irreal sensación de enfrentamiento. La falta de formas ha echado leña al fuego de Cataluña.Y así podríamos seguir.

Cada semana un ejemplo: si resulta que el Parlamento ha de elegir el órgano de gobierno de los Jueces (que no a los jueces que administran justicia: aquí la falta de formas irresponsable de ciertos medios de comunicación y algunos políticos sin escrúpulos, hacen que la gente se confunda y se crispe), lo más normal y natural es que los partidos establezcan contactos para encontrar a las personas idóneas. Eso es todo lo que debía de ocurrir en el asunto de la renovación del Consejo General del Poder Judicial. Y, sin embargo, nos hemos encontrado un escándalo mayúsculo por la endeblez democrática de muchos de los que están en primera línea, que pactan poco y con ánimo de engañar al adversario.

Si la Constitución y la Ley Orgánica del Poder Judicial establecen un procedimiento para el nombramiento de los vocales y el presidente de ese órgano, que pasa por el Parlamento donde están las fuerzas políticas, es un hecho que “los políticos” se tienen que meter.

La única cuestión por la que todo el país y la judicatura se lleva las manos a la cabeza es, una vez más, por la pérdida de las formas. Ha sido antológica la jactancia de todo un Presidente del Gobierno en anunciar, no ya un pacto, sino la decisión que le corresponde a otros órganos constitucionales (Congreso y Senado elegir a los vocales y, esos nuevos miembros, elegir al Presidente del Consejo General del Poder Judicial). Es de una zafiedad institucional y de una prepotencia similar a la de quien en la antigüedad marcaba sus propiedades humanas o animales. Se revienta el equilibrio de poderes y se resume todo en la materialización de decisiones dejando claro quien tiene poder.

A ello ha habido que sumarle la revelación de un mensaje privado de un senador, en la misma clave de auto atribución de potestades que no se tienen, más allá de la conversación preparatoria de los plenos de nombramientos.

Como decía Andreotti (por cierto, fino fino, pero un pájaro de cuenta) de nuestra clase política hace ya cuarenta años: “manca finezza”.

Enrique Belda Pérez Pedrero

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