¡ALERTAS!

Callejeando por Toledo . Primera parte

Los viajes cuando se materializan en la juventud forman parte de nuestra educación, y al llegar a la ancianidad son un fragmento de experiencia. Y al igual que los libros se gesta con nerviosismo y se termina concluye con añoranza.

Hoy recorreremos la ciudad imperial, la de las tres culturas: árabe, judía y cristiana: Toledo.

El punto central de la ciudad es su plaza: Zocodover. Uno de los lugares más antiguos de la ciudad. Se presupone que fue un espacio defensivo en época romana, época en que también se alzó el puente de Alcántara. Otra teoría la sitúa en el periodo árabe, ya que los vestigios de su muralla pertenecen a esta era.

Una plaza que como otras muchas de la geografía de España cuenta en su haber con diferentes denominaciones: Plaza del Pozo, Plaza real, Plaza Zocadeña, Plaza de la Constitución; hasta que en 1945 recibió el nombre de Plaza de Zocodover.

Felipe II impactado por el aspecto de la plaza, pide de urgencia al arquitecto Juan de Herrera que la rehaga por completo. Su idea primigenia era levantar una gran plaza de forma rectangular con soportales a izquierda y derecha del Arco de la Sangre. Las obras quedan paralizadas por la muerte de Herrera y la animosidad de algunos propietarios.

De nuevo en 1925 la plaza fue sometida a una nueva remodelación; abriéndola al tráfico. Fue tal el revuelo organizado que el propio Alfonso XIII ordenó paralizar las obras.

Cuando Juan Herrera intentó modificarla pensó en una puerta que cerrara la plaza desde la cuesta del Alcázar, apostando por dos arcos gemelos para cerrar la anchura de esta calle. En la segunda mitad del siglo XIX el arco fue derrumbado para permitir el paso al tráfico rodado.

Desde edades pretéritas, en la plaza de Zocodover, se han desarrollado desde corridas de toros a desfiles, pasando por juegos de cañas, Autos de Fe, ejecuciones públicas….
Alfonso VII en 1139 ofreció una recepción con motivo de la reconquista del castillo de Oreja. O corridas de toros como las presenciadas por Carlos II en 1697 y 1698.

El incendio sufrido en 1641 dañó varias propiedades y propició un plan de rehabilitación de larga duración. No fue el único incendio que padeció pues en 1585 y 1589 también se incendió. La destrucción más próxima fue la de 1936, en plena Guerra Civil, donde los destrozos alcanzados fueron de gran magnitud.

La Plaza del Ayuntamiento con su bosquejo irregular brinda al viajero un espléndido contenido. Sobresale la Catedral, en Palacio Arzobispal y el Palacio de Justicia.
El Palacio Arzobispal presenta una portada de estilo renacentista, obra de Covarrubias y restaurada en el siglo XVIII. Tal vez esté considerada como una de las sedes primadas más importantes del mundo.

Anexo a este edificio descubrimos el Ayuntamiento. El proyecto es originario de Juan de Herrera, con la participación de los arquitectos Vergara del Pozo y Juan Manuel Theotocopuli. De Juan de Herrera se conservan los arcos del piso bajo. Los dos segundos pisos de cada torre y los chapiteles que la rematen son obra de Teodoro de Armadans y pertenecen al siglo XVIII.

Circunvala la Plaza el Palacio de Justicia. Edificio de corte arquitectónico ecléctico y en épocas pretéritas casa del Deán de la catedral.

Con motivo del IV Centenario de El Greco del pasado 2014, la escultura de origen vasco, Cristina Iglesias, creó el denominado proyecto Tres Aguas. Su pretensión es establecer un discurso entre la ciudad, el río y la monumentalidad toledana. Del lado sur de la Plaza nace un conjunto de bajorrelieves en acero simulando un canal de agua. Su fluidez arroba al visitante al ver reflejado el líquido elemento en la escultura como una imagen de fábula.

Por su parte la Plaza de Padilla es casi una desconocida. Está dedicada a uno de los famosos comuneros que se alzaron en contra del absolutismo de Carlos I de España y que residió en Toledo junto con su mujer María Pacheco.
Según la leyenda en esta plaza es inalcanzable el nacimiento de planta alguna puesto que fue rociada con sal cuando detuvieron a los comuneros como castigo por su revuelta.

Sobresale el Imperial Monasterio de San Clemente. Dicha plaza surge en gran medida debido a la destrucción del palacio donde residieron Juan de Padilla y su esposa, María de Pacheco.

En los albores del siglo XVI la plaza limitaba al Norte con la fachada principal de la residencia de Juan de Padilla; al Este con el domicilio de los Lasso de la Vega, transformada en Facultad de Humanidades.

Por espacio de algún tiempo, el palacio de Padilla fue un lugar de encuentro de los comuneros y sus alrededores vivieron las luchas desatadas entre comuneros e imperiales.

Tras la derrota comunera en Villalar, la viuda de Padilla consiguió mantener sublevada a la ciudad nueve meses más, hasta el 3 de febrero de 1522, en que se vio obligada a huir, refugiándose en Portugal.

Lucía Ballesteros

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