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El debate del taxi: tan manipulado como los demás

Una vez más, la sociedad inmadura, sus protagonistas y sus medios de comunicación, reducen hasta el absurdo del sí y del no un problema ciudadano cargado de matices. La principal perspectiva del conflicto entre taxistas y plataformas VTC para un político debería pasar por la siguiente pregunta: ¿Qué beneficia a la sociedad, a las personas, en este caso, a los consumidores?

Solo ese enfoque permite garantizar la solución de un conflicto en un servicio público. Pero en nuestras sociedades todo se tergiversa y politiza, en especial cuando las elecciones se acercan, perdiendo por completo la perspectiva y las esperanzas de salidas razonables.

Fíjense: la situación de base no es otra que la normativa sobre competencia de la Unión Europea obliga a la convivencia entre taxis y VTC, y los países, como aquí se hizo por el anterior gobierno, ponen las reglas de reparto y las hacen cumplir. Para ello, se tuvo en cuenta el consumo mundial de un servicio de alquiler de coches con conductor, para desplazamientos previstos y trayectos cerrados, que daba trabajo a mucha gente. Y también, el mantenimiento de las esencias del servicio del taxi, que es esporádico pero predominante, y que da igualmente trabajo, como empresarios, como autónomos y como asalariados de taxistas titulares, a miles de españoles e inmigrantes.

Los sectores implicados, en España y en todos sitios, como es su derecho, intentan que los términos de reparto de clientes les beneficien y se plantean reivindicaciones. Normal. ¿Dónde nace el enredo? Pues cuando los poderes públicos que pueden coordinar esta prestación que, en mayor o menor medida es nacional, hacen una dejación de sus funciones (como denunciaba la semana pasada en la SER Alfonso Guerra), y diluye el debate único, ya encauzado, en las Comunidades Autónomas y municipios, y además en año electoral.

Solo con criterios que arranquen en la competencia obligada que se exige en el ámbito europeo, se puede aproximar un gobierno responsable, como ocurrió años atrás, a una solución intermedia (nunca, desgraciadamente, a una satisfactoria para todos).

Ante un gobierno débil, ganará el sector que plantee medidas de fuerza y perderán los derechos de los ciudadanos como consumidores. Lo demás es carne de folletín, y habitualmente fake news, pues entre los taxistas hay de todo, desde elementos que explotan a sus asalariados doce horas seguidas, a los que te sacan el bate de beisbol si les dices que el Madrid es una mierda.

Y también honrados autónomos que han hipotecado su vida y familia por una licencia cuyo precio de mercado han de mantener si un día quieren jubilarse. En estos, o en los que trabajan de sol a sol por cincuenta euros, hay que pensar, como parte más débil del taxi. Y en el otro lado, en la garantía de la integridad física de los conductores de VTC, que son a su vez el más endeble eslabón en caso de conflicto.

Enrique Belda Pérez Pedrero

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