¡ALERTAS!

Algunas claves para entender el pitorreo de las mascarillas.

Las mascarillas, imprescindibles para frenar la expansión de enfermedades como la que nos entretiene estos meses (en ocho o nueve años más, esto lo superamos ¡unidos!), nos están dejando cada día ejemplos y síntomas de la sociedad en la que vivimos, que tiene una parte de bondad, otra de hipocresía, y casi todo de imagen y postureo.

Aquí el que escribe poniendo en duda la utilidad de las mascarillas, es lógicamente masacrado, pero toda la sociedad con su políticos y comunicadores al frente, calla ante la gran mentira que llevamos sosteniendo tres meses: si las mascarillas son necesarias pero solo duran unas horas sin ser inútiles por sí mismas o por contaminarse con nuestros dedazos, y pocos las tiran o las lavan por sistema ¿por qué no se exige, se sanciona y obliga, a la gente que no las cambia?. Lo que están persiguiendo todos los gobernantes es la mentalización para evitar contactos, y el mero hecho de la obligación de usarla ya cumple con el recordatorio permanente de la pandemia. Hasta aquí bien: una operación mundial de prevención y concienciación.

Algunos mandamases, por su parte, han recomendado o rechazado la mascarilla dependiendo únicamente de criterios comerciales (¿las tenemos?: si es que sí, entonces son imprescindibles). El día de hace tres meses que repartieron un lunes millones de mascarillas que ya no se podían usar a la tarde, nos anunciaban de lo que se trata: yo, gobierno responsable, cumplo con dártela, pero ya tú te buscas la vida para comprarla cuando debas (al ratito). ¿Y quien no se autocontrole? ¿Quien no protege a su prójimo?

Hay convecinos que llevan en la mascarilla azul regalada en mayo los signos evidentes de la primera sandía de temporada, y otras manchas blancas o verdes de origen sospechoso. Claro, eso ya no se vigila ni se puede controlar, pero todo el mundo acepta como normal la falsa sensación de seguridad que da la boca tapada. Una asociación de consumidores ha echado cuentas del dinero por persona y mes que deberíamos gastarnos para tener la mascarilla en regla, incluyendo la media de las lavables, y ni por asomo la gente ha desembolsado esa cifra.

Así que es lo de siempre que se denuncia en esta columna: mentiras socialmente aceptadas para no asumir la gravedad de las cosas como adultos, por lo cual se prefiere una mastodóntica operación de imagen, simplemente para recordar a los parroquianos que no se arrimen los unos con los otros. Estoy seguro de que más de una de esas personas amargadas, inútiles, y sin vida, que estos meses han encontrado rumbo a su triste existencia denunciando al resto por no respetar algunas de las improvisadas y cambiantes reglas que nos ha dado el del pelo ensortijado, usan aún la primera mascarilla que le buzoneó su presidente autonómico y que era inservible en ocho horas, pero luego tiran de teléfono si la vecina celebra el cumpleaños del crío en la terraza. Tiempos de cara tapada, por fuerza, son buenos para los ladrones de todo tipo.

Enrique Belda

 

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