¡ALERTAS!

Pensamientos propios frente a repetición de consignas. 

Venimos sugiriendo en estas líneas desde años atrás, que buena parte de las personas se ponen de perfil en los asuntos públicos, dejando que los políticos lleven la iniciativa, limitándose luego a la crítica más o menos ácida y a un voto visceral cada mucho tiempo. En momentos difíciles de crisis y confrontaciones comienzan a surgir como setas deseos de participar de cada uno de nosotros, lanzando admoniciones, opiniones, sugerencias, a veces geniales y otras evitables.

Pues eso está bien, y es lo que deberíamos hacer siempre, también con salud y dinero, no dejando en manos de una clase profesionalizada los intereses de todos, y manteniendo una participación activa y movilizada, lo que incluye plantearse al menos una vez en la vida, el acceso a cargos y funciones representativas. Estaría bien ¿no?: “hazme hueco cuatro años al menos, a ver cómo lo hago”.

Dejemos de soñar y vayamos al núcleo de lo que hoy les quiero colocar: una cosa es el ideal de que opine cada cual lo que le sale de las narices, y otra que ya dispuestos a meternos de una maldita vez en las cosas de la política, seamos meros correveidiles de los memes, soflamas, consignas y demás mierdas que los de siempre nos envían.

No somos mensajeros: la obligación es esforzarse en defender lo que uno quiera, por extremo o inadecuado que sea, pero lo que está ocurriendo es que gran parte de los indignados de ahora, de cualquier signo, se centran en ser soldados de las nuevas guerras emprendidas por los jefes de prensa y los community managers de las élites económicas y políticas. De esa forma nos convertimos de facto en unos políticos tradicionales más, pero cobrando solo en la mala leche o bilis con la que nos retroalimentamos. En la clase política, en un proceso de “evolución y racionalización informativa”, que cualquiera con dos dedos de frente calificaría de degradación del mensaje, llevamos lustros sustituyendo la capacidad de nuestros representantes políticos, por la ejecución incondicional y sin reservas del mensaje ordenado por las cúpulas. Algunos lo hacen pensando, con acierto además, que para ganar elecciones la parroquia quiere unidad de criterio, y que vale la pena repetir todos lo mismo para no confundir el mensaje.

Amén a eso, pero de ahí a potenciar por sistema a aquellos políticos que nunca piensan nada por sí mismos, y glosando su amor a los partidos se limitan a abrir el mail cada mañana para que un argumentario realizado de madrugada les diga lo que tienen que pensar y decir, media un abismo. Malos tiempos vivimos, ya demasiado largos, donde se confunde la fidelidad con obediencia y silencio, y el criterio libre, aunque sea convergente, con riesgo de discrepancia futura.

Con estos ejemplos, no es extraño que luego en la sociedad de base, nos limitemos a reproducir lo que los directores de orquesta han marcado, pues si los representantes no innovan, ni filtran, ni mejoran el mensaje, ¿para qué vamos nosotros a enmendar las partes falsas o impúdicas de las consignas que reproducimos?

Enrique Belda

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