¡ALERTAS!

¿Presidentes para todos? 

Uno de los motivos de la permanencia de la Monarquía Parlamentaria en países de la tierra tan avanzados como Canadá, Suecia, Noruega, Dinamarca, Holanda, o Reino Único, es que se mantiene a la Jefatura del Estado lejos de la disputa política, y se simboliza la idea del país con figuras que representan al Estado (nunca a la gente), desde una posición neutral, lo que fomenta la continuidad de las instituciones y una especie de comunidad nacional que, al menos en lo formal, se aleja de vaivenes.

Si los reyes y reinas en democracia se mantienen al margen de disputas como símbolos unificadores, se evitan los episodios de confrontación civil que estos días se viven en Estados Unidos. Las repúblicas presidencialistas como esa o la francesa, tienen de bueno que se elige al Jefe del Estado, pero sucede que este es también la cabeza del Gobierno, con lo que se confunde en su persona la representación teórica de toda la nación y la representación ciudadana de la parte que lo ha elegido. Hace falta tener mucha templanza para sobrellevar esta potencial esquizofrenia pues debe de cumplir con su electorado sin desatender la posición de personificar toda la nación.

Muchos han afirmado que, en España, ante políticos que en la historia y en el presente solo miran a la casa propia, mejor era mantener una Jefatura de Estado con forma monárquica para así poner frenos a la terquedad de nuestros compatriotas por la cara y la cruz, por lo negro o lo blanco, ignorando la verdad, que no es otra que el predominio de las zonas grises. Estoy de acuerdo, más teniendo en cuenta cómo se suele gastar en España el ejercicio del cargo (nunca admitir ideas del contrario, ni errores propios, jamás el consenso ni la cesión). Eso nos dice lo que sería de nuestra tierra con un Jefe de Estado “de parte” y no ajeno al sistema partidista.

USA era hasta hace unas décadas ejemplo para muchos de la posibilidad de querer y respetar a tu presidente, aunque no lo hubieras votado (la mayoría no lo hace, pues o apoyaron a otro candidato o se abstuvieron). Por su parte, la mayoría de Presidentes también se sentían y se comportaban como guía de todos, olvidando durante el mandato su origen partidario (para centrarse solo, dicho sea de paso, en cómo devolver favores a las élites económicas que los aupaban). Esta neutralidad del cargo se ha ido perdiendo y Trump ha sido el ejemplo claro de cómo aquel que tiene que gobernar para integrar, se comporta como el disgregador, jaleado permanente por un muy considerable porcentaje de la ciudadanía que quiere imponer su criterio al resto.

En España, no en la Jefatura del Estado, pero sí en la cabeza del Gobierno, vemos este proceder habitualmente, aplaudido por los más ruidosos ciudadanos de cada color político. No creo que fuera buena idea, ante esta evidencia propia y de otros países, poner un Jefe de Estado republicano para consolidar esta tendencia a la desunión. Quizá con más educación cívica podría hablarse, pero eso está lejos aún, ¿no?

Enrique Belda

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